EE.UU. ante Latinoamérica

Manuel Díaz Aponte.

Un patio trasero lacerado y que en varias ocasiones ha sido invadido y dividido según las conveniencias históricas del imperio más poderoso y dominante de las últimas décadas. Que al mismo tiempo, sepultó el multilateralismo para que reine el bilateralismo entre las negociaciones de los Estados.

El arribo del presidente Donald Trump a la Casa Blanca ha significado entre otras cosas la progresiva desaparición o disminución del cronograma de acción de las principales iniciativas integracionistas como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR); Mercado Común del Sur (MERCOSUR), Sistema de Integración de Centroamérica y el Caribe (SICA) y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América y el Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP).

Varios mandatarios de Suramérica acaban de anunciar en  Chile la creación de un nuevo organismo regional que identifican como Prosur, en lugar de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), creada por los fallecidos ex presidentes de Venezuela, Hugo Chávez Frías, de Argentina, Néstor Kirchner y el ex mandatario brasileño Luiz Inacio Lula Da Silva, quien guarda prisión en una cárcel de Sao Paulo.

Evidentemente que se trata de una iniciativa que impulsará un mayor acercamiento e influencia con Washington en el Continente.

Los presidentes de Chile, Sebastián Piñera; de Argentina, Mauricio Macri, de Colombia, Iván Duque, de Ecuador, Lenin Moreno y de Brasil, Jair Bolsonaro, mostraron confianza en el éxito de la entidad.

Piñera dice que UNASUR fracasó “por exceso de ideologismo y burocracia”.

Geopolítica

El presidente Trump busca disminuir la esfera de influencia e inversiones masivas de la República Popular de China en América Latina y para ello, reunió en su mansión privada de La Florida a cinco gobernantes de la región del Caribe, entre ellos, el presidente Danilo Medina. Asistieron además, los gobernantes de Bahamas, Jamaica, Haití y Santa Lucía.

China tiene actualmente inversiones en Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Ecuador y Brasil.

Por supuesto, en ese encuentro se abordó la situación de Venezuela convertida hoy en el epicentro de la intensa lucha de la geopolítica mundial que tiene tres protagonistas esenciales: Estados Unidos, China y Rusia, éstos dos últimos mantienen su respaldo al gobierno de Maduro.

En el encuentro de Trump con los líderes caribeños se acordó que EE.UU. enviará en los próximos 90 días comisiones de alto nivel para estrechar las relaciones y que incluso, Washington dará “estatus prioritario” a la región.

En un texto difundido en Twitter el asesor de seguridad nacional del gobierno estadounidense, John Bolton, expuso que:”Estados Unidos está junto a nuestros amigos caribeños y quiere avanzar en nuestros estrechos y antiguos lazos con la región, trabajando más estrechamente en prioridades como Venezuela y centrarnos en el crecimiento económico”.

Las décadas del ochenta y noventa fueron prolíferas en el surgimiento de esos esquemas de integración en la región, que abrió nuevos espacios de esperanza para el anhelado desarrollo y bienestar económico y social de sus habitantes.

Las divisiones comenzaron en las mismas entrañas de una América Latina que aún no encuentra su propio destino y sus principales líderes adoptan políticas coyunturales, sin redefinir el hilo conductor global que permita a corto y largo plazo la inserción de nuestras naciones en una poderosa estructura cuyo norte principal sea el bienestar colectivo.

El fantasma divisionista

Seria simplista y poco ético culpar única y exclusivamente de las adversidades y divisiones históricas a Estados Unidos, porque hemos sido los latinoamericanos quienes con nuestras actitudes no logramos avanzar.

En cinco décadas, después del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, el foco de distanciamiento entre Washington con Latinoamérica se concentró en la Isla Caribeña. Posteriormente, se abrieron otros frentes y movimientos guerrilleros en la región culminando en 1979 con la revolución sandinista, en Nicaragua.

Ahora el escenario es la República Bolivariana de Venezuela, a quien el gobierno del presidente Donald Trump tiene en la mira con el apoyo de una coalición de más de sesenta países que desconocen el régimen de Nicolás Maduro.

Nunca antes en la historia moderna de América se había estructurado una plataforma de naciones tan diversa compuesta por EE.UU; Canadá, alrededor de treinta países Latinoamericanos, la Unión Europea (UE) y de otras latitudes del planeta que respaldan al autoproclamado presidente Juan Guaidó.

2030, es el año que deberá ser punto de partida en la agenda fijada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio entre la comunidad mundial. Sin embargo, en Latinoamérica muchos países reprobarán esa prueba.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), sostiene que los países de la región lograron entre 2000 y 2015 avances importantes en la reducción de la pobreza extrema, el hambre y la mortalidad infantil, la incorporación de las niñas a la educación y el acceso a agua potable, pero “deben hacer mayores esfuerzos en la reducción de la mortalidad materna y de las emisiones de gases de efecto invernadero”, entre otras áreas.

¿Agenda de Desarrollo?

Enfatiza que el 2030 debe significar la apertura hacia un nuevo modelo participativo, inclusivo, interdisciplinario y universal donde el desarrollo deberá estar dirigido al cierre de brechas estructurales que impacten en los ámbitos medioambientales para así lograr mayor igualdad.

De acuerdo a la CEPAL, entre 1990 y 2015 se redujo en más de la mitad el porcentaje de personas con ingresos inferiores a un dólar. Un 6% vivía con menos de 1,25 dólares diarios en 2011, frente a 12,6% en 1990.

También la proporción de personas que pasan hambre, que se redujo desde 14,7% en el bienio 1990-1992 hasta 5,5% en 2014-2016.

Ciertamente la debilidad intrínseca de las instituciones Latinoamericanas amenazadas frecuentemente por golpes de Estado y violación de las normas elementales del estado de derecho, son factores primarios que generan ese cuadro. A ello se agrega, la absurda separación entre los empresarios y el liderazgo político.

Las relaciones del empresariado y de los políticos de América Latina tienen que ser redefinidas con el soporte de una agenda que propicie los cambios políticos, económicos y sociales por décadas demandados.

Debilidad Institucional

Algunos empresarios han dependido de la protección del Estado para encaminar sus iniciativas desarrollistas, pero  llegó el momento de dar el salto hacia la autosuficiencia y mayor creatividad.

Otros tienen una visión conservadora y no se atreven a impulsar proyectos que contradigan los dictámenes del oficialismo.

El padrinaje entre políticos-empresarios ha salido a relucir con el caso de ODEBRECHT, la multinacional constructora brasileña que ha generado el mayor escándalo de corrupción que registra la historia moderna en América Latina, con el involucramiento de políticos, empresarios, legisladores, comunicadores y funcionarios judiciales.

 Artículo de Manuel Díaz Aponte.

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Posted by on Mar 26 2019. Filed under Opiniones. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Both comments and pings are currently closed.

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